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En el Fausto de Estanislao del Campo, pieza rigurosamente gauchesca, el vocabulario, la sencillez del desarrollo, la naturaleza de las metáforas no pueden ser de un tono criollo más desenfadado y zumbón, ni más cargado de sabor campesino.
Discípulo de Hilario Ascasubi, don Estanislao había elegido con frecuencia la payada para la sátira política ,y la usaba con mucha habilidad como una vuelta de tuerca para aguzar la burla.
Cuenta la crónica que Del Campo, durante la representación del Fausto de Gounod en el viejo teatro Colón de Buenos Aires, le improvisó a Ricardo Gutiérrez –médico, poeta, amigo y casi pariente político– breves apostillas gauchas sobre lo que estaban escuchando.
A instancias del divertido Gutiérrez Del Campo decidió a poner sus gauchi-poéticas acotaciones por escrito; y en poco más de un mes el poema se convertía en éxito de venta.
La gracia de la obra reside en que el gaucho es un campesino, y a través de su mirada las acciones de la ópera adquieren la validez gráfica del mundo pastoril, trastocando de manera hilarante el drama medieval.
En medio de una charla intrascendente, y en cuanto Laguna nombra al Diablo, Anastasio aprovecha para contar cómo lo ha visto en persona.
Y aquí comienza, exactamente, el corrosivo humor a disolver el tema exótico y culto: a partir de la observación de que la gente está en el teatro “como hacienda amontonada” podemos imaginar la escena en el palco del Teatro Colón y a Del Campo desternillando de risa con las observaciones de Anastasio, el Pollo (su propio seudónimo gauchipolítico) a su amigo Ricardo Gutiérrez (quien bien puede ser el “paisano del Bragao –de apelativo Laguna” ya que en el poema se dan mutuamente el tratamiento de cuñaos y Gutiérrez era cuñado de Cupertino del Campo, hermano de Estanislao). Nos gusta imaginar también que terminada la función haya sido Gutiérrez quien convidó la cena, por lo cual la última décima del poema adquire un sentido de retribución hermética, gentileza destinada a provocar una sonrisa en el impulsor del éxito literario.
Leer hoy el Fausto resulta tan divertido como lo fue hace casi ciento cuarenta años, lo cual ya sería motivo suficiente para ello, sin necesidad de tomar en cuenta que junto con el Santos Vega de Hilario Ascasubi y el Martín Fierro de José Hernández, esta obra integra el tríptico de la poesía gauchesca por antonomasia.
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