Estanislao del Campo representa el mejor ejemplo del concepto de que la consagración
del género gauchesco puede atribuirse a la adopción que del gaucho
y su habla hicieron autores cultos de las ciudades.
Más allá de una intención que pudo ser atrapar al público
gaucho, o diferenciarse de la literatura de origen europeo y afianzar una autonomía
cultural, lo cierto es que las obras de Bartolomé Hidalgo,
Hilario Ascasubi, Estanislao del Campo y José
Hernández conforman la base de un geenero netamente diferencial.
Del Campo escribió muchas composiciones en diferentes
estilos, sin embargo es en lo gauchesco donde descuella. Su humor festivo refleja
de manera fácil y amena la fresca filosofía campera.
Nacido en la capital el 7 de febrero de 1834, era hijo de padre porteño,
don Estanislao del Campo, y madre tucumana, doña Gregoria
Luna.
Educado en la Academia Porteña Federal, su primer empleo
fue como dependiente de tienda según era costumbre entre los jóvenes
de buena familia de esos tiempos. En 1852, en medio de las luchas civiles posteriores
a la caída de Rosas tomó parte en la defensa de
la ciudad cuando fue sitiada por el general Lagos, para luego
prestar servicio en la aduana. Fue secretario de la cámara de diputados
–como partidario de Alsina en1857– e intervino con
entusiasmo en las batallas de Cepeda y Pavón
para llegar a capitán en 1861 y ascender a teniente coronel en 1874. Luego
de una corta actuación como diputado nacional fue nombrado oficial mayor
del Ministerio de Gobierno de la Provincia. Durante su desempeño en todos
estos cargos no abandonó la poesía que era sin duda su vocación.
Fue alrededor de 1857 cuando inició su carrera literaria, con versos gauchescos
publicados bajo el seudónimo de Anastasio el Pollo.
El público al principio pensó que se trataba de un nuevo seudónimo
de Hilario Ascasubi, ya muy conocido en esa época y que
firmaba Aniceto el Gallo, pero al aclararse la verdadera identidad del Campo se
volvió rápidamente famoso. «Al bajar a la arena de la literatura gauchesca no llevo otra mira que
la de sembrar en el árido desierto de mi inteligencia la semilla que he
recogido de sus hermosos trabajos -le decía a Ascasubi en una carta-,
por ver si consigo colocar aunque sea una flor en el altar de la patria.»