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Alrededor de 1876 en los círculos literarios de Madrid se discutían los valores del realismo versus el idealismo en la novela. Muchos temían que la tendencia realista, inaugurada en 1849 con la aparición de La gaviota de Fernán Caballero, desapareciera merced a la aparición de novelas como El sombrero de tres picos de Alarcón y Pepita Jiménez de Juan Valera (1874).
Tanta era la vigencia del tema que el Ateneo Científico y Literario de Madrid, en 1875, organizó una serie de debates acerca de él. Pepita Jiménez, el mayor ejemplo de la novela idealista, fue analizada, y Fernando León y Castillo le encargó a Pérez Galdós una novela realista para publicar en la Revista de España, y así contrabalancear el asunto.
Por ese entonces Galdós estaba abocado a escribir la segunda serie de Episodios Nacionales; obras de carácter histórico que pretendían mostrar el contexto español partiendo de la batalla de Trafalgar y acabando con la Guerra de la Independencia. Debido al encargo y la necesidad de retratar la realidad de su época Pérez Galdós crea esta obra, prototipo y representación simbólica de las características de su tiempo.
Hay en Doña Perfecta un microcosmos que muestra los problemas y tipos característicos de la sociedad de la segunda mitad del siglo XIX; condensando en Orbajosa, típica ciudad de provincias española el «espíritu» de su nación.
Esta ciudad inventada por Galdós no posee vida cultural y tiene una economía poco floreciente; toda su actividad gira en torno de tertulias y de una vida social marcada por su moral tradicional y la hipocresía que ésta conlleva.
La oposición que marcará toda la obra es la de la antítesis entre la vida de provincias, simbolizada por Orbajosa y sus habitantes, y el joven Pepe que representaría a la capital, Madrid. La visión regional se aferra de forma fanática a sus costumbres tradicionales cerrándose a cualquier idea nueva que pueda provenir de fuera.
Doña Perfecta muestra una característica central de la sociedad en la que Galdós vivía: la hipocresía causada por una moralidad opresiva que obliga a las personas que la profesan a tener una doble vara de medir, una para la imagen pública que trasmiten y otra para su verdadera forma de enfrentarse a la vida. Esta es la característica que une a todos los habitantes de Orbajosa; incluso sus nombres, pensados con gran ironía, nos muestran ese fingimiento ya que Doña Perfecta está lejos de ser «perfecta» y Don Inocencio no es, precisamente, muy «inocente».
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