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José María de Pereda y Sánchez Porrúa es tradicionalmente considerado un escritor costumbrista, quizás por la conocida recomendación que le hiciera Marcelino Menéndez Pelayo de no apartarse de los temas locales del Santander de antaño. Sin embargo al leer Sotileza «publicado por primera vez en 1885« se concibe la sospecha de que esto no debió ser un consejo diminutivo, sino que la intención pudo ser desbrozar el campo de acción y permitirle al escritor dedicar su genio a la pintura del alma de sus personajes. Cierto es que la atmósfera de la Calle Alta revive en este libro, pero no lo hace a fuerza de descripciones «que las tiene, y muy buenas« sino a partir de las palabras de Silda, Andresillo, tía Sidora o la Carpia, cuyos diálogos y discusiones resultan humanos y atrapantes a través del tiempo y las costumbres que nos separan.
Hay en Sotileza una recreación del drama humano donde las circunstancias, previsibles a la manera de una tragedia griega, determinan los acontecimientos más allá de la voluntad de los personajes. A lo largo de las páginas y frente a los ojos del lector la pequeña Silda se transforma en Sotileza, con todas las implicancias que tiene el apodo, y no hay manera de desentenderse de este alma, insondablemente sabia y oculta en atractiva envoltura. Que esto ocurra en un pueblo pescador es detalle, no importa cuán magníficamente desarrollado. Es Sotileza un sol alrededor del cual rotan satélites, y aun fuera de escena se presiente que los demás personajes, no importa lo alejados, giran bajo su influencia. Y esto es así porque el genio de de Pereda ha logrado resumir en la huérfana y su corte las grandezas y las miserias universales de la condición humana.
Un párrafo aparte merece el lenguaje. Por momentos hermético y abstruso, plagado de localismos, costumbrismos y jerga marina y pescadora, las frases de de Pereda jamás fallan a la hora de lucir su sonoridad. Y es desde su ritmo y melodía que se pueden comprender los gozos y sufrimientos de quienes las pronuncian, más allá del ajuste de significados. Como una tonada sin necesidad de conocer la letra. El autor soñó que sus lectores serían sus «contemporáneos de Santander que aún vivan», tanto que a ellos pide en el prólogo «declarar con acierto si es o no su lengua la que en estas páginas se habla; si son o no sus costumbres, sus leyes, sus vicios y sus virtudes, sus almas y sus cuerpos los que aquí se manifiestan.» Esta circunstancia, de considerarse como en medio de una tertulia «en las cuales siempre ocupaba el puesto principal por su gracia y agudeza« le permitió verter su obra a manera de amena conversación. Por eso esta es una edición anotada. Pretendemos ayudar al lector apuntalándole de manera discreta, donde sienta fallar su paso, sin interrumpir jamás la charla del autor. Permitirle gozar la música, y si comprende la letra, mejor.
Si al finalizar el presente libro el lector percibe en sus pensamientos un dejo de ritmo santanderino, fruto de haber departido algunas horas con un fascinante charlista, habremos cumplido nuestro cometido al encarar esta edición.
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