La condición de médico y político de Manuel Zeno
Gandía se unen a la del escritor para transformar la tensión
dramática de La Charca en material de profunda
reflexión sobre los males que aún hoy –con variantes sólo
formales– aquejan a las sociedades latinoamericanas en general, y a Puerto
Rico en particular.
Dentro de la serie de Crónicas de un mundo enfermo,
La charca (1894) es la de mayor logro literario. A
medida que el lector se adentra en la trama el relato de la vida de los jornaleros,
tersamente expuesta y sin adjetivaciones panfletarias, se yergue en dura denuncia.
Las discusiones entre el culto y librepensador Juan del Salto y sus amigos –el
médico Dr. Pintado y el clérigo P. Esteban– se contraponen
al resultado del drama para conformar un llamado de atención dirigido a
las clases ilustradas que, habiendo ocupado décadas en la discusión
de teorías sobre mejoras sociales, han resultado incapaces de llevar a
la práctica un entramado político-jurídico que humanice la
vida de las clases desposeídas y les fomente prácticas que promuevan
su crecimiento.
Zeno Gandía, al modo de Balzac y Pérez
Galdós, inicia en La Charca un universo
narrativo con personajes que representan tipos característicos, y que luego
–a veces bajo diferentes nombres– reaparecerán en narraciones
posteriores. La sociedad degradada por sus pasiones y empeorada por la mentalidad
colonial, primero bajo España y luego bajo Estados Unidos de Norteamérica,
constituye el eje de sus novelas de un tono simultáneamente naturalista
y culto.
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