En 1936, mientras escribía La casa de Bernarda Alba, Federico García Lorca explicaba: «El teatro es la poesía que sale del libro y se hace humana. Y al hacerse habla y grita, llora y se desespera».
Es que Lorca veía en el teatro el medio más perfecto para llegar directamente a la gente, más inmediato y efectivo que la poesía, y como hombre de teatro defendió esa posibilidad aún en tiempos duros y difíciles. Pero Lorca es ante todo poeta, de ahí que sea el suyo un teatro de gran valor plástico, donde lo visual se combina con lo lingí_ístico para revolucionar el teatro español.
í_ltima de las tres tragedias rurales «la precedieron Bodas de sangre (1933)¿ y Yerma (1934)« La casa de Bernarda Alba fue concluída el 19 de junio 1936. El plan de viajar a Buenos Aires con la compañía teatral de Margarita Xirgu y estrenar en Octubre se vió frustrado por el asesinato de Lorca en julio de ese mismo año.
Los avatares de la guerra postergaron el estreno hasta 1945 «en Buenos Aires« y hubo que esperar a 1964 para poder verla montada en España.
El planteo de la obra es engañosamente simple: Bernarda Alba ejerce una vigilancia tiránica sobre sus hijas, quienes viven como prisioneras en su casa.
El conflicto es, pues, la privación de la libertad. El detonante del drama, la muerte del segundo marido de la protagonista y su decisión tiránica de imponerse, e imponer a sus hijas, ocho años de luto. Pero un luto que trasciende los aspectos formales de la ropa negra: durante ocho años nadie saldrá de la casa, ni asomará a la ventana, y tampoco ningún hombre entrará en ella.
Los ocho años de reclusión se deben al simple hecho de ser mujeres, y pertenecer a una determinada clase social. Se corporiza así el conflicto autoridad/libertad de manera reconocible en muchos momentos de la humanidad, trascendiendo la España de su época, y mostrando el sometimiento de la condición femenina «el subtítulo Drama de mujeres en los pueblos de España lo remarca«.
Frente a la libertad anhelada por las hijas, se oponen los prejuicios de una clase social tiranizada por las apariencias y torturada por el temor a la opinión ajena.
La experiencia teatral de Lorca «al momento de escribirla ya ha sido actor y director de escena« se notan en su manera subrayar el conflicto mediante un mecanismo de relojería donde ningún detalle es ocioso: luz, vestuario, texto y lenguaje, y movimientos de las actrices, todo hace a un desarrollo dramático medido al milímetro.
Y el desenlace y las palabras finales de la protagonista son premonitorias acerca de lo que sobrevendría en España por muchos años: «Y no quiero llantos. La muerte hay que mirarla cara a cara.» ... «¡Silencio, silencio he dicho! Silencio».
El claro ensayo introductorio de Borja Rodríguez Gutiérrez desmenuza el mecanismo, y sus notas permiten adentrarse en esta obra fundamental de las letras hispánicas y comprender el por qué de su influencia posterior.
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